domingo, 1 de enero de 2012

Capítulo uno. Azul, azul mar.

Hacía dos semanas que nos habían dado las notas, y ya teníamos todas las vacaciones planeadas, nuestro grupo de siete iba a pasar el mejor verano de su historia. ¿Qué digo, de su historia? ¡De la historia de la humanidad! Con ambos brazos apoyados en el umbral de la ventana, miraba hacia la calle, como la gente iba y venía. Hoy tocaba día de playa, una pequeña fiesta por la noche. Comencé a mensajearme con Mikayla, una de mis mejores amigas en aquel momento.

-De: Mikayla.
-Asunto: Cariño a las 7:30 n tu portal? Notición de Sam. Bss.

-De: Clem.
-Asunto: Oks. Llevaré la camara. Planazo! Cuentame!

-De: Mikayla.
-Asunto: Vamos a la casa de la playa de los S. Los S! Detalles luego.

¿Los S? Tenían que estar como locas. Hacía un par de días, un grupo de Skaters había llegado a la ciudad, que se habían mudado para hacer el bachillerato. Lo sabía porque Samantha y Natasha no hacían otra cosa que hablar de ellos. Que si eran los chicos más guapos que había sobre la faz de la tierra, que si mañana iban al cine, que si las habían aceptado en Tuenti... ¡Estaban como hipnotizadas! Así que nos tocaba una noche de limpiar babas.


Ya estaba eligiendo qué ponerme para salir, pero curiosamente, no podía dejar de pensar en aquel absurdo sueño. Así que acabé escogiendo las mismas prendas, el vestido azul marino de vuelo, los tacones negros... Mi subconsciente tenía buen gusto, sabía combinar. Cuando terminé, me fui al salón. Mi hermano, jugando a la Play Station 3. Pero al sentarme en el sofá, me di cuenta de que no estaba matando zombies o compitiendo en una ficticia carrera ilegal. ¡Estaba en Tuenti! Espera, espera... Ah, claro. Su novia, estaba conectada. Ya me parecía raro esto de que resistiera la tentación de avanzar algún que otro nivel en el juego que le tuviera viciado estas semanas. 


-Soraya, pírate.-Gritó, pero sin apartar la mirada de la pantalla.


Le encantaba llamarme Soraya, en vez de Clementine, desde el día que se dio cuenta de que era una marca de naranjas. Sabía que me irritaba, lo cual no era muy razonable hacer si quería conseguir que le hiciera caso. En fin, mi hermano no era razonable. Y cuando él se ponía así, yo necesitaba demostrarle que podía ser peor. Le lancé un cojín a la cara, y no acerté a mi objetivo, pero le quité el mando de las manos del golpe. Curvé mis labios en una inevitable sonrisa.


-Já. -Solté.


Me miró, con su típica expresión: <<Estás muerta.>> Pero en lugar de dedicarse a matarme, cogió el mando de la consola y continuó chateando. 


-Papá y Mamá vuelven mañana a las diez, por la mañana. Acuérdate, tenemos que limpiar esto. -Le recordé. Asintió como respuesta, y suspiré, resignada. En cinco minutos, no se acordaría de nuestra conversación.


Volví a mi habitación, y comencé a vestirme. Cuando sonó el timbre de la puerta, yo estaba acabando de prepararme, así que vacié una cesta donde metía las llaves, el Ipod y cosas por el estilo dentro del pequeño bolso y lo cerré. Bajé las escaleras a tropezones, mientras gritaba:


-¡Vuelvo tarde! ¡No me esperes, si eso, llevo el móvil!

sábado, 12 de noviembre de 2011

Introducción; Ojos azules.

Me despierto, enredada en sábanas. Esta noche he soñado con él, y aún en la cama, me pongo a recordar.
Salíamos de fiesta. Samantha, una de mis mejores amigas desde que tengo memoria, llamó a mi puerta a las diez. Me miré rápidamente en el espejo de mi cuarto; un sencillo vestido color azul marino, de vuelo. El pelo, suelto, planchado hasta la altura de mis hombros; el resto acababa hasta mis codos ligeramente ondulado. No solía salir tan arreglada de casa, pero los sueños, sueños son. (Conforme van pasando los minutos, me acuerdo más vagamente de todo.) Cogí el bolso, me lo colgué al hombro, y salí por la puerta de casa. Con mi amiga, recorrí las estrechas calles de mi ciudad hasta llegar a un pub que nunca había visitado (y dudo que exista). Entramos. No solemos beber en este tipo de sitios, tomamos algo antes o después, pero desconfiamos de lo que sirven. Así que como de costumbre, me acerqué a la pista, con Sam, para dejarme llevar por el compás de la música.
En el sueño, bailaba y bailaba. Humo de discoteca por todas partes, luces de colores y gente, mucha gente. Era un día en el que todo el mundo tenía ganas de divertirse; fin de curso. Ya no sabía donde estaba Samantha, pero bueno, ¿qué podía pasar?
De repente; le vi. Un chico de ojos azules, pelo castaño y rizo. Con una sonrisa, natural y fresca. Crucé un par de miradas con él, pero no se me acercó. Me fui hacia la barra para que viniera, pero tampoco se movió de su sitio. La música sonaba incluso más alta, me comencé a fijar en la melodía. Era una de esas canciones que ponen para que la gente se aproxime a la pista de baile. Estúpidos pretextos.
Me ponía nerviosa. De vez en cuando, giraba la cabeza, pero él seguía al lado de la tarima, de pie con un vaso en la mano, sin moverse demasiado. Parecía distraído y había algo en su forma de estar, en su forma de mirarme y en su forma de respirar que captaba toda mi atención.
Finalmente, cansada de esperar y cansada de todo, me bajé del taburete y me acerqué a hablarle. Noté cómo sonreía al verme caminar hacia él. Pero cuando, por fin, estaba lo suficientemente cerca como para decir "Hola"... me desperté.