sábado, 12 de noviembre de 2011

Introducción; Ojos azules.

Me despierto, enredada en sábanas. Esta noche he soñado con él, y aún en la cama, me pongo a recordar.
Salíamos de fiesta. Samantha, una de mis mejores amigas desde que tengo memoria, llamó a mi puerta a las diez. Me miré rápidamente en el espejo de mi cuarto; un sencillo vestido color azul marino, de vuelo. El pelo, suelto, planchado hasta la altura de mis hombros; el resto acababa hasta mis codos ligeramente ondulado. No solía salir tan arreglada de casa, pero los sueños, sueños son. (Conforme van pasando los minutos, me acuerdo más vagamente de todo.) Cogí el bolso, me lo colgué al hombro, y salí por la puerta de casa. Con mi amiga, recorrí las estrechas calles de mi ciudad hasta llegar a un pub que nunca había visitado (y dudo que exista). Entramos. No solemos beber en este tipo de sitios, tomamos algo antes o después, pero desconfiamos de lo que sirven. Así que como de costumbre, me acerqué a la pista, con Sam, para dejarme llevar por el compás de la música.
En el sueño, bailaba y bailaba. Humo de discoteca por todas partes, luces de colores y gente, mucha gente. Era un día en el que todo el mundo tenía ganas de divertirse; fin de curso. Ya no sabía donde estaba Samantha, pero bueno, ¿qué podía pasar?
De repente; le vi. Un chico de ojos azules, pelo castaño y rizo. Con una sonrisa, natural y fresca. Crucé un par de miradas con él, pero no se me acercó. Me fui hacia la barra para que viniera, pero tampoco se movió de su sitio. La música sonaba incluso más alta, me comencé a fijar en la melodía. Era una de esas canciones que ponen para que la gente se aproxime a la pista de baile. Estúpidos pretextos.
Me ponía nerviosa. De vez en cuando, giraba la cabeza, pero él seguía al lado de la tarima, de pie con un vaso en la mano, sin moverse demasiado. Parecía distraído y había algo en su forma de estar, en su forma de mirarme y en su forma de respirar que captaba toda mi atención.
Finalmente, cansada de esperar y cansada de todo, me bajé del taburete y me acerqué a hablarle. Noté cómo sonreía al verme caminar hacia él. Pero cuando, por fin, estaba lo suficientemente cerca como para decir "Hola"... me desperté.