-De: Mikayla.
-Asunto: Cariño a las 7:30 n tu portal? Notición de Sam. Bss.
-De: Clem.
-Asunto: Oks. Llevaré la camara. Planazo! Cuentame!
-De: Mikayla.
-Asunto: Vamos a la casa de la playa de los S. Los S! Detalles luego.
¿Los S? Tenían que estar como locas. Hacía un par de días, un grupo de Skaters había llegado a la ciudad, que se habían mudado para hacer el bachillerato. Lo sabía porque Samantha y Natasha no hacían otra cosa que hablar de ellos. Que si eran los chicos más guapos que había sobre la faz de la tierra, que si mañana iban al cine, que si las habían aceptado en Tuenti... ¡Estaban como hipnotizadas! Así que nos tocaba una noche de limpiar babas.
Ya estaba eligiendo qué ponerme para salir, pero curiosamente, no podía dejar de pensar en aquel absurdo sueño. Así que acabé escogiendo las mismas prendas, el vestido azul marino de vuelo, los tacones negros... Mi subconsciente tenía buen gusto, sabía combinar. Cuando terminé, me fui al salón. Mi hermano, jugando a la Play Station 3. Pero al sentarme en el sofá, me di cuenta de que no estaba matando zombies o compitiendo en una ficticia carrera ilegal. ¡Estaba en Tuenti! Espera, espera... Ah, claro. Su novia, estaba conectada. Ya me parecía raro esto de que resistiera la tentación de avanzar algún que otro nivel en el juego que le tuviera viciado estas semanas.
-Soraya, pírate.-Gritó, pero sin apartar la mirada de la pantalla.
Le encantaba llamarme Soraya, en vez de Clementine, desde el día que se dio cuenta de que era una marca de naranjas. Sabía que me irritaba, lo cual no era muy razonable hacer si quería conseguir que le hiciera caso. En fin, mi hermano no era razonable. Y cuando él se ponía así, yo necesitaba demostrarle que podía ser peor. Le lancé un cojín a la cara, y no acerté a mi objetivo, pero le quité el mando de las manos del golpe. Curvé mis labios en una inevitable sonrisa.
-Já. -Solté.
Me miró, con su típica expresión: <<Estás muerta.>> Pero en lugar de dedicarse a matarme, cogió el mando de la consola y continuó chateando.
-Papá y Mamá vuelven mañana a las diez, por la mañana. Acuérdate, tenemos que limpiar esto. -Le recordé. Asintió como respuesta, y suspiré, resignada. En cinco minutos, no se acordaría de nuestra conversación.
Volví a mi habitación, y comencé a vestirme. Cuando sonó el timbre de la puerta, yo estaba acabando de prepararme, así que vacié una cesta donde metía las llaves, el Ipod y cosas por el estilo dentro del pequeño bolso y lo cerré. Bajé las escaleras a tropezones, mientras gritaba:
-¡Vuelvo tarde! ¡No me esperes, si eso, llevo el móvil!
Ya estaba eligiendo qué ponerme para salir, pero curiosamente, no podía dejar de pensar en aquel absurdo sueño. Así que acabé escogiendo las mismas prendas, el vestido azul marino de vuelo, los tacones negros... Mi subconsciente tenía buen gusto, sabía combinar. Cuando terminé, me fui al salón. Mi hermano, jugando a la Play Station 3. Pero al sentarme en el sofá, me di cuenta de que no estaba matando zombies o compitiendo en una ficticia carrera ilegal. ¡Estaba en Tuenti! Espera, espera... Ah, claro. Su novia, estaba conectada. Ya me parecía raro esto de que resistiera la tentación de avanzar algún que otro nivel en el juego que le tuviera viciado estas semanas.
-Soraya, pírate.-Gritó, pero sin apartar la mirada de la pantalla.
Le encantaba llamarme Soraya, en vez de Clementine, desde el día que se dio cuenta de que era una marca de naranjas. Sabía que me irritaba, lo cual no era muy razonable hacer si quería conseguir que le hiciera caso. En fin, mi hermano no era razonable. Y cuando él se ponía así, yo necesitaba demostrarle que podía ser peor. Le lancé un cojín a la cara, y no acerté a mi objetivo, pero le quité el mando de las manos del golpe. Curvé mis labios en una inevitable sonrisa.
-Já. -Solté.
Me miró, con su típica expresión: <<Estás muerta.>> Pero en lugar de dedicarse a matarme, cogió el mando de la consola y continuó chateando.
-Papá y Mamá vuelven mañana a las diez, por la mañana. Acuérdate, tenemos que limpiar esto. -Le recordé. Asintió como respuesta, y suspiré, resignada. En cinco minutos, no se acordaría de nuestra conversación.
Volví a mi habitación, y comencé a vestirme. Cuando sonó el timbre de la puerta, yo estaba acabando de prepararme, así que vacié una cesta donde metía las llaves, el Ipod y cosas por el estilo dentro del pequeño bolso y lo cerré. Bajé las escaleras a tropezones, mientras gritaba:
-¡Vuelvo tarde! ¡No me esperes, si eso, llevo el móvil!